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Interior provincial

El amigo de Francisco

06/10/2016 19:15 | El padre Joaquín Giangreco lleva su labor tratando de “unir una familia grande” que comprende la zona de Campo Gallo y parajes. “En las periferias, más que puentes, existen peajes”, manifiesta.

El amigo de Francisco

“La vida es como una leyenda, no importa que sea larga, sino que este bien narrada”,
Séneca.


***

Cuatro esquinas, La Unión, El 70, Pozo Salado, Pico Chico y Grande. Innumerables parajes del interior provincial donde un hombre se mueve de manera incansable, sigiloso y oculto ante los ojos del mundo, con la fiel razón de acompañar en cada lugar que haya un rancho, y en él una persona.
A campo abierto, el horizonte se recorta en un punto infinito. Cuando el sol se asoma en el horizonte, enceguece. En verano, con 45 grados, quema. En invierno, acaricia el prado y lo abriga de las heladas.

El monte es signo de desolación, quietud, y también de ciertos riesgos. En un instante, algún animal peligroso puede quebrar el silencio que gobierna la intemperie. Los chanchos caminan como perros por las calles de tierra mientras algunas gallinas atrevidas se animan a picotearlos. Cabras y cabritos se despliegan en la polvareda, que cuando llueve se convierte en un lodazal imposible de pasar para las motos, el vehículo preferido de los lugareños, por encima del caballo.

“La gente de Santiago capital no entiende a la del interior”, dice Joaquín, a quién le gustan ciertas leyendas como “La Telesita”, tocar chacareras y usar la frase “los que se creen Dios atienden en Buenos Aires”.

“Lo que uno quiere es tender puentes. Porque en las periferias, más que puentes, existen peajes”, añade.

Joaquín es el padre Giangreco (33), amigo del hombre más importante de la Iglesia Católica: el Papa. Su nombre entró en la escena pública justamente cuando en el 2014 sacó en su programa de radio al Sumo Pontífice, hablando en vivo desde el Vaticano (hecho que se replicó el año pasado). Pero, en realidad, entre ellos charlan por teléfono a menudo, compartiendo el amor por el mismo equipo: San Lorenzo. El vínculo nació cuando Joaquín estudió en el seminario de Buenos Aires y Bergoglio fue su obispo. Incluso, tiempo atrás, en dos oportunidades viajó a Roma a visitarlo.

“Siempre que necesité preguntarle algo, él estuvo. Nos une un vínculo fuerte. Y más allá de sus preocupaciones está al tanto de lo que sucede por estos lados”, comenta. “Si no fuese por él no pisaba Roma ni a cañonazos”, bromea, y agrega: “Parecía de película porque uno seguía siendo igual de espontáneo y no encajaba en la situación. Era como un argentino suelto en Italia”.

Hace cuatro años, Giangreco era párroco de una villa del Bajo Flores y estaba a cargo de la capilla del club San Lorenzo. Allí conoció al padre Pepe Di Paola y formó parte de los curas villeros. Se crió en Capital Federal, y cuando estaba por viajar a “El Impenetrable”, recibió un llamado: era el propio padre Pepe, que se había autoexiliado en el interior santiagueño, precisamente en Campo Gallo, por amenazas del narcotráfico. Le pidió que lo reemplazara, porque debía regresar a Buenos Aires como cura de “La Cárcova”. Cuando Joaquín escuchó que la parroquia comprendía más de 100 parajes rurales, lo único que pensó fue que sería una misión titánica: “Uno va a dejar la vida. El gran desafío era fortalecer una familia grande, de más de 500 mil hectáreas”.

Inquieto, abocado y dispuesto a ponerle el pecho a las urgencias y necesidades de la comunidad de la zona, donde los puntos de atención están “distantes a 140 kilómetros en todas las direcciones”, el párroco asegura que “la gente es la que sabe, la que entiende, la que enseña el camino de cómo vivir”. Y “percibir las demandas del pueblo y estar en sus problemas cotidianos” es su máxima cuando visita los parajes y dedica horas largas de su vida.

“No sé si tengo días comunes. Me levanto como puedo porque desde bien temprano vienen a buscarme”, desliza quien hasta hace cinco meses, casi todos los días a las siete de la mañana, sacudía la tierra de su camioneta Hilux, modelo 2000, que no aceleraba más de 100km/h. Ahora, hace propio con una versión moderna de la misma marca de rodado que fue donado por el Papa Francisco.

“Sabía la necesidad que teníamos como comunidad, está enterado de las condiciones de algunos caminos y de lo amplia que es la diócesis, por eso que nos envió la camioneta, para que sigamos con nuestras tareas”, subraya Giangreco sobre la gasolera con la que gasta siete mil pesos por mes y a la que ya le chillan los amortiguadores por la “paliza” que sufre rutinariamente. Es que los pozos de los caminos de tierra no tienen piedad. Tampoco él al volante: “Ya tiene 27.000 kilómetros”, afirma.
“Busco la unidad de la gente. En eso me diferencio de otros referentes. Quiero ser el cura que ellos necesitan, no imponerles un discurso desde arriba”, desliza como distintivo de muchos colegas.

Tiene un estilo de prédica particular. Una manera de manejarse poco semejante. Igual que el propio Francisco. De visión pragmática, cita a los teólogos Lucio Gera y Rafael Tello: prefiere hablar de “Teología del Pueblo”, aquella que se forja en las acciones cotidianas, sin la influencia de ninguna ideología ni utopías políticas más que la de escuchar a los campesinos, el verdadero actor de la comunidad, el “sentir popular” –como asegura él-.

“Los curas tenemos una autoridad que responde a las necesidades del pueblo y a su fe. Y no podemos cruzarnos de brazos si hay una injusticia”. Además, “el amor se demuestra más en obras que en palabras. Mi papá me decía “mejor bien hecho que bien dicho”, testifica el portador de una barba enrojecida y la frente quemada por el sol, que día a día pasa por las escuelas de la zona, oficia de cartero y habla con los maestros y los alumnos. De paso, cañazo: los invita a escuchar la radio de la Parroquia, FM 99.9, que se creó bajo el lema “Si el 666 es el Diablo, la 99.9 es de Dios”.

En ella, hay dos programas centrales: “Encuentro al Mediodía”, conducido por él, y “Descosiendo la redonda”, donde un grupo de hombres discute sobre la existencia que genera el fútbol.

Al costado de sus ojos, líneas de expresión hacen surcos en su rostro y se acentúan cuando se queja porque le duelen las rodillas de tanto manejar por calles donde se perdió varias veces. Es que para llegar a hasta algunos lugares es necesario desandar varios kilómetros de tierra arenosa, esquivando vacas, chivos y ovejas que se cruzan en el camino.

En la parroquia del lugar que anteriormente se llamó Hipólito Yrigoyen, construida con un diseño de arquitectura moderna, hay recuerdos latentes de su obra. Dos cartas del Papa Francisco escritas a mano. De sus líneas sale una bendición para el pueblo cabecera del Departamento Alberdi y el reconocimiento a las acciones que lleva adelante el templo religioso.
“El que menos tiene, es el que siempre más da. Ese es el fervor popular”. Así lo entiende Joaquín, el amigo del representante oficial de Dios en la Tierra, sumergido en su ritmo de vida de agenda completa que desde el silencio narra su propia leyenda, promulgando que “aunque no se de lo que uno espera, siempre hay que seguir apostando para hacerle el bien al otro”.


 
 
 
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